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El peso de la identidad en un sistema político cada vez más de centro

Fuente: La Mañana

Nos hallamos en vísperas del año electoral y ya desde hace unos meses se respira un clima de campaña que ha dejado en evidencia no solo las rispideces y personalismos que fluctúan dentro de la mayoría de los partidos que se preparan para las instancias del 2024, sino que también parece imponerse cierta falta de identidad política entre los distintos partidos como modus operandi o consecuencia de la competencia por el mismo sector del electorado: el centro.

En ese sentido, resulta patente el cambio de cultura partidaria. Desde hace años se vuelve cada vez más difícil distinguir las diferencias que hay entre algunos partidos que han tenido tradicionales posturas antagónicas, como el Partido Colorado y el Partido Nacional.

También hay que decir que el Frente Amplio (FA), desde la primera presidencia de Tabaré Vázquez, ha tendido a consolidarse, por lo menos frente a los ojos de la ciudadanía, como otra opción de centro –más allá de alguna señal de humo que se hace para la tribuna–.

Y es obvio que a esta altura nadie puede ver demasiadas distancias entre el gobierno de Lacalle Pou y el último de Tabaré Vázquez, no solo en lo que refiere a la conducción económica, sino también en los temas culturales y de “la nueva agenda global”.

A la vista está el “talante conciliador” que tuvo la definición del programa político del FA durante su VIII Congreso extraordinario, que se desarrolló del 8 hasta el 10 de diciembre y que estuvo encabezado por los cuatro precandidatos que competirán el año que viene en las internas: Yamandú Orsi, Carolina Cosse, Andrés Lima y Mario Bergara, quienes en la instancia mencionada tuvieron que dejar de lado las rencillas internas que se hicieron públicas hace unos días, cuando Alejandro Pacha Sánchez pretendió señalar quiénes son los candidatos de primera y cuáles los de segunda dentro la coalición de izquierdas.

Sin lugar a duda el nuevo programa del FA busca seducir al electorado de centro uruguayo con la urgencia, no de traer soluciones al país, sino más bien de ganar las elecciones. Y en esa línea, los planteos más radicales o audaces quedaron de lado.

De hecho, si uno lee la declaración final del congreso puede confundirse y pensar que se encuentra con los globalistas europeos, que tienen unos intereses diametralmente opuestos a los de la clase trabajadora.

Frente a esta clase de posicionamiento político, uno quizás puede entender que el encontronazo entre el presidente Lacalle Pou y el intendente Orsi, sucedido la semana pasada, tuvo más que ver con el juego de las apariencias frente a los medios que con discutir contenidos políticos.

Es por eso por lo que a nadie debería haber sorprendido el éxito de Cabildo Abierto en las elecciones de 2019. El cansancio de nuestro electorado frente a las repetitivas propuestas realizadas por los distintos partidos no solo era cada vez más palpable, sino que también parecía necesaria para la ciudadanía la existencia de un discurso y una acción política que confronte y contraste la actual homogenización político partidaria que hay en Uruguay.

Por esa razón, desde un principio Cabildo Abierto definió claramente el liderazgo de Guido Manini Ríos y una base programática de cuño artiguista preocupada por los problemas inmediatos de la gente, sobre todo de la clase trabajadora que ve cómo la inseguridad y la mala conducción económica hacen estragos en sus barrios. Porque a esta altura –y el pueblo lo sabe– nadie puede dudar de la impronta social de Cabildo Abierto. A la prueba están estos cuatro años en los que se buscaron soluciones a los distintos problemas que aquejaban al país, desde el endeudamiento privado que es el nuevo flagelo de la clase trabajadora, hasta la forestación y su posición de privilegio frente al pequeño productor agropecuario nacional.

Seguramente allí esté el motivo por el cual Cabildo Abierto ha realizado de forma indirecta un llamado de atención al resto del espectro político. En los quince años de administración del FA, la oposición jugó un papel casi decorativo, al estar durante todo ese periodo en una situación de inferioridad numérica en ambas cámaras. Pero, además, la aparición de Cabildo Abierto llenó un vacío existente en el sistema político uruguayo, como bien explicaba en su columna del domingo en el diario El País, Francisco Faig: “Los casi 270 mil votos de Cabildo Abierto de octubre de 2019 pusieron sobre la mesa un asunto que había sido dejado de lado por la ola frenteamplista que se había iniciado veinte años antes: el peso de la opinión no izquierdista”.

En definitiva, la marca registrada de Cabildo Abierto y su líder Guido Manini Ríos no pasa desapercibida para el electorado. Y mientras los demás partidos están en la búsqueda de construir un nuevo liderazgo y, más aún, buscan encontrar una identidad que no solo los diferencie del resto, sino que también coincida con los hegemónicos lineamientos que bajan de las organizaciones y fundaciones internacionales que se sienten en el deber de ejercer algún tipo de tutela cultural sobre nuestro país.

Así, tanto el Partido Nacional y el Frente Amplio tienen más cosas en común de lo que pretenden, sobre todo considerando el camino que se viene. Y probablemente cuando Álvaro Delgado expresó el sábado pasado –en un acto en el que el ahora ministro de Defensa, Javier García, oficializó su apoyo al secretario de la Presidencia– que a “este Frente Amplio lo condicionan los sectores radicales todo el tiempo, que no tiene a Vázquez, a Seregni ni a Danilo Astori, que no tiene cortafuegos, que no tiene quien mande”, en el fondo se trataba de un ejercicio dialéctico, ya que resulta obvio para la ciudadanía que el Partido Nacional, fuera del presidente, tampoco tiene un liderazgo tangible para el uruguayo de a pie.

A la inversa, el senador Guido Manini Ríos es el único candidato presidenciable a las elecciones de 2024 que tiene una identidad reconocible. Mientras el resto de los partidos pelean internamente por al menudeo de votos con toda clase de retóricas, Cabildo Abierto sigue adelante con su campaña de firmas por una Deuda Justa, algo que lo hace distinto, y eso se nota.


Los objetivos de la Open Society presentes en el programa del Frente Amplio para 2024En el Congreso VIII Congreso del FA, llevado a cabo la semana pasada se delinearon los puntos programáticos de esta fuerza política de cara a las próximas elecciones, entre los temas que escapan a los típicos tópicos como la reducción de la pobreza y la condena al capitalismo, están:1)Darle mayor participación en la ANEP (volviendo sobre un tema ya zanjado por la ciudadanía cuando se votó el referéndum en favor de la LUC).2)Cambiar la matriz productiva e implementar un plan de agroecología (probablemente financiado por alguna organización internacional, como la Fundación Open Society de George Soros, tan cercana al FA. No hay que olvidar que la Organización Mundial de Ciudades y Gobiernos Locales Unidos, UCLG, por sus siglas en inglés, es financiada por la Open Society. La UCLG es una organización cuyo catecismo dice “representar, defender y amplificar las voces de los gobiernos locales y regionales para no dejar a nadie ni a ningún lugar atrás”, cuyos integrantes se autoproclaman estoicamente los “guardianes de las esperanzas, los sueños y las aspiraciones de cada uno de los individuos de las comunidades de todo el mundo, en busca de una vida en la que se respiren los ideales de los Objetivos de Desarrollo Sostenible”. Y el año pasado, en el Congreso Mundial de la UCLG, celebrado en Daejeon, Corea del Sur, se eligió a Carolina Cosse como su presidenta hasta fines de 2023. Curiosamente, también fueron presidentes de esta organización dependiente de George Soros la intendenta Ana Olivera en 2011-12, Marcos Carámbula en 2008-09 y Mariano Arana, que fue elegido presidente en dos ocasiones. La UCLG cuenta además con una sección latinoamericana denominada Mercociudades, también presidida por Cosse, con Yamandú Orsi como vicepresidente y Fabiana Goyeneche como secretaria ejecutiva).3)En materia de inserción internacional las propuestas del FA ilustran algún tipo de aporía, y parece haber vuelto a la discusión, como en la época de Guillermo Chifflet, la participación de Uruguay en las misiones de Paz de la ONU (Y poco se discutió sobre el cómo posicionarse en un mundo vertiginoso en los siguientes cinco años, especialmente teniendo en cuenta la tradicional influencia de Estados Unidos y de Europa en la región frente a la importancia económica que tienen los intercambios comerciales con China).

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